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martes, 25 de junio de 2013

¿Qué "trama" un santo desde el Cielo?

El 26 de junio se cumple un nuevo anivesrsario del dies natalis de san Josemaría, es por eso que trago aquí este texto de Mons. Joaquín Alonso (ha sido Consultor Teólogo de la Congregación para las Causas de los Santos. Fue, durante mucho tiempo, uno de los más directos colaboradores de San Josemaría en el gobierno del Opus Dei.), prólogo al libro Favores que pedimos a los santos, Ed. Palabra, de Mons. Flavio Capucci. 

En este mundo, los santos han vivido para amar a Dios y a los demás, imitando a Jesucristo que «pasó haciendo el bien». Pero cuando llegan al cielo, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, "no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. (...) Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero". 

Parece, en efecto, que en el cielo Dios les concede la posibilidad de continuar la misión que cumplieron aquí abajo, pero aún más fecundamente. Desde el cielo os podré ayudar mejor, nos decía San Josemaría al final de su vida, a la vez que nos pedía que rezáramos por él, para que se "saltara" el Purgatorio

Después de más de 20 años trabajando cerca de este santo, he comprobado que tenía razón. Fue enorme la ayuda de su vida santa a quienes le rodeábamos y a tantos millones de personas a través de sus libros. Pero desde que dio el salto al cielo, su ayuda se ha multiplicado y ha llegado a una inmensa multitud de corazones, por obra de su intercesión ante Dios por las necesidades, grandes o pequeñas, de muchas personas. Y lo más interesante: que si intercede, por ejemplo, para que una chica encuentre la lentilla que perdió en el autobús, toca, a la vez, ese corazón, para que dé entrada a Jesucristo

La novedad de algo archisabido 

La misión que Dios confió a Josemaría Escrivá de Balaguer, el 2 de octubre de 1928, fue fundar el Opus Dei, un camino de santificación a través del trabajo profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano. Con Jesucristo, el panorama archisabido de todos los días adquiere una inesperada novedad, una grandeza insospechada, al ser iluminado por el amor redentor de nuestro Señor.

Leyendo las cartas que relatan las gracias obtenidas por la intercesión de Mons. Escrivá, se observa una variedad asombrosa de situaciones: desde amas de casa agobiadas por un pequeño problema doméstico hasta drogadictos o gente que se encuentra al borde del suicidio. Algunas cartas narran historias tremendas: vidas destrozadas y sin aparente salida. Otras cuentan la lucha contra enfermedades; hay quienes obtienen un trabajo, encuentran objetos perdidos... Además, en la mayoría se habla también de un acercamiento a Dios, a veces después de una vida muy alejada de la fe. 

Favores muy... normales 

¿Qué hay de común en estos relatos? Varias cosas. En primer lugar, tienen poco de "maravilloso": no San Josemaría no faltan hechos científicamente inexplicables, en particular ciertas curaciones extraordinarias que han podido ser verificadas experimentalmente y de las que se han recogido algunas en otro libro. Pero en general, insisto, los favores atribuidos a Josemaría Escrivá son muy... "normales".
hablan de fenómenos paranormales, clamorosos, aunque entre los favores obtenidos por intercesión de

Piedad, sí; superstición, no 

Esa realidad cuadra mucho con el mensaje y el modo de ser del Fundador del Opus Dei, que fue un verdadero "apóstol de la vida ordinaria". Se consideraba "poco milagrero" y rehuía instintivamente todo lo que sonaba a "prodigio" o cosa "maravillosa". 

En Camino, su libro más difundido, escribió: 
«No soy "milagrero". —Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe”. (Camino, 583). 

Creía sobre todo en los milagros diarios de la Eucaristía, de los sacramentos, de la gracia. Desde el cielo, pues, ha continuado enseñando a descubrir a Jesucristo en la vida cotidiana, para que nadie confíe temerariamente en que Dios intervendrá «para resolver las consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra comodidad. 

El milagro que os pide el Señor —señalaba en una homilía— es la perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la santificación del trabajo de cada día: el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación habitual". (Es Cristo que pasa, 50). 

Era también éste un rasgo muy suyo: la unidad entre la vida y la fe. Le parecía un contrasentido acudir a los santos para solucionar un problema y a la vez llevar una existencia alejada de Dios, sin el mínimo deseo de enmendarse. Actitud que, por desgracia, lleva a que algunas personas confundan la piedad con la superstición.

Los santos son "los brazos de Cristo"

El Señor nunca pasa de largo por nuestras necesidades: está siempre tendiéndonos sus manos. En una iglesia de Münster hay un Crucifijo, grande, de madera. Una bomba lo dejó sin brazos. Y se leen sobre la Cruz estas palabras: "Yo no tengo otras manos que las vuestras". Los santos son las manos de las que se vale Cristo para ayudarnos. Quizá este libro nos haga pensar que el Señor nos está pidiendo, también a nosotros, que le prestemos nuestras manos.

sábado, 6 de octubre de 2012

lunes, 23 de julio de 2012

Joven solidario

Álvaro, joven analista de finanzas corporativas y profesor universitario, se hace tiempo para encabezar la construcción de casas básicas que permitan una vida digna a cientos de familias. Y lo consigue porque procura hacer las cosas cara a Dios. San Josemaría es su padre espiritual, y sus enseñanzas, la carta de navegación que lo guía en cada jornada.

sábado, 7 de julio de 2012

Dejar obrar a Dios

Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres –también cristianos- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra –en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

Ford Madox Brown: "Jesús lavando los pies a Pedro"

 El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.


En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Ésa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida – y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.

Card. Joseph Ratzinger. L'Osservatore Romano, 6 de octubre de 2002
Con motivo de la canonización de san Josemaría.

martes, 26 de junio de 2012

¿Qué es un santo?

Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.
—Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi" —la paz de Cristo en el reino de Cristo.


¿Qué es más importante?, ¿qué es más valioso en la vida de un hombre santo?: ¿lo que él hace por Dios, o lo que Dios hace por él?

Lo que hace el hombre nos resulta próximo e imitable. Además, como bajo la corteza del santo hay siempre un héroe librando sus gestas, la contemplación de ese drama nos atrae como un singular espectáculo.

Lo que hace Dios pertenece al misterio insondable de la gracia. Su comprensión se nos escapa. Lo admiramos, lo envidiamos, incluso lo tememos…, pero con facilidad se nos antoja que estamos ante algo que no a todos les es dado, algo que se pierde en el arcano inextricable de los caprichos de Dios.
Sin embargo, no es así. Se trata de una ecuación indivorciable. Dios a todo hombre da los favores de su gracia. A todo hombre. Pero ¿por qué a los santos más? Sin duda, porque ellos piden más; porque insisten más; porque, hondamente conscientes de su menesterosidad, pordiosean más: a toda hora, y en todo, lo buscan todo en Dios… y en Dios lo encuentran todo.
Al final, la musculatura de la santidad consiste en una boca muy pedigüeña y en unas manos muy recogedoras.

- Un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios, a fuerza de vaciarse de sí.
- Un santo es un pobre que hace su fortuna desvalijando las arcas de Dios.
- Un santo es un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza.
- Un santo es un imbécil del mundo -stulta mundi- que se ilustra y se doctora con la  sabiduría de Dios.
- Un santo es un rebelde que a sí mismo se amarra con las cadenas de la libertad de Dios. - Un santo es un miserable que lava su inmundicia en la misericordia de Dios.
- Un santo es un paria de la tierra que planta en Dios su casa, su ciudad y su patria.
- Un santo es un cobarde que se hace gallardo y valiente, escudado en el poder de Dios.
- Un santo es un pusilánime que se dilata y se acrece con la magnificencia de Dios.
- Un santo es un ambicioso de tal envergadura que sólo se satisface poseyendo cada vez más y más ración de Dios
Un santo es un hombre que todo lo toma de Dios: un ladrón que le roba a Dios hasta el Amor con que poder amarle.
Y Dios se deja saquear por sus santos. Ése es el gozo de Dios. Y ése, el secreto negocio de los santos.

Así pues, ¿qué es más importante?, ¿qué es más valioso?: ¿lo que el hombre hace por Dios, o lo que Dios hace por el hombre? Ah, en definitiva, el quid de la santidad es una cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto el «yo hago», como el «hágase en mí».

El árbol producirá ramas, hojas, flores y frutos, a condición de que se deje visitar por la savia, y por la lluvia, y visitar por la hoja podadora, y por la cuchilla resinera…

El santo es un hombre en quien el amor y la fe y la esperanza, lejos de ser ásperos esfuerzos solitarios, son vivencias acompañadas, experiencias compartidas. El santo ni ama, ni cree, ni espera a solas: él siempre cuenta con el Otro. Por eso el santo confía. No es que tome sus sopas «a pachas» con Dios; pero, sólo con Dios, el esforzado héroe que hay bajo la piel de un santo desmonta la guardia, rinde las armas, cierra los ojos… y se abandona.
En fin, un hombre que se fía de Dios: eso es un santo.

Urbano, Pilar: El hombre de Villa Tevere. Plaza & Janes.