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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Ella arreglará todo

Era el 1 de mayo de 1970 cuando san Josemaría anunció su deseo de cruzar el Atlántico para postrarse a los pies de Santa María de Guadalupe. Recordando las circunstancias de aquel arranque de cariño filial a la Virgen, Monseñor Echevarría –que le acompañó en el viaje– escribía veinticinco años después: 
Me atrevería a asegurar –se lo oí en varias ocasiones– que Nuestra Señora le obligó a emprender aquella romería penitente, porque deseaba que allí, a los pies de esa imagen morena, pidiese su intercesión en favor del mundo, de la Iglesia, y de esta pequeña porción de la Iglesia, que es el Opus Dei. 
El 15 de mayo, de madrugada, san Josemaría llegó a la Ciudad de México. He venido a ver a la Virgen de Guadalupe, y de paso a veros a vosotros , anunció a sus hijos en los primeros saludos.
Al día siguiente, 16 de mayo, sin esperar siquiera a aclimatarse al cambio de altura y horario, fue a la basílica y comenzó su novena que duró hasta el 24. 

Mónica Salazar Orozco
El primer día permaneció arrodillado en el presbiterio, durante más de hora y media. Con la mirada fija en el cuadro de la Virgen de Guadalupe, elevó una oración intensísima a Nuestra Madre, en la que con toda confianza le decía Monstra te esse Matrem! Muestra que eres Madre (...) Si un hijo pequeño le pidiera esto a su madre, es seguro que no habría madre que no se conmoviera (...) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!
En los siguientes días, pudo ocupar una tribuna lateral desde la que era posible rezar a muy poca distancia de la imagen, sin llamar la atención. 

El último día de la novena, oración por los cinco continentes El 24 de mayo de 1970, que cayó en domingo, llegó a la Villa de Guadalupe a las 16.40 de la tarde. Antes de subir a la tribuna fue, como siempre, a saludar al Santísimo Sacramento.

Ya en la tribuna, comenzó enseguida a hablar con la Virgen, reanudando las tertulias –así se expresaba san Josemaría– que estaba teniendo por aquellos días con Nuestra Señora de Guadalupe

Me faltan las palabras para demostrarte mi alegría, tan grande, de estar junto a ti, Señora. Hijos míos, yo quiero —poniéndoos por testigos delante de Dios— decirle a Ella —que es nuestra Madre, y de la que nos sentimos orgullosos de ser hijos suyos— que he venido aquí porque, más aún en estos meses, le pido que no abandone a su Iglesia y que no nos abandone. Ya sé que no puede dejarnos, pero le insisto en que acorte el tiempo de la prueba, la tempestad que azota a la Barca de Pedro. Y acudo muy especialmente y con continuidad a su intercesión, porque confío en Ella con todas las fuerzas de mi alma. 
Por las manos de la Virgen, sirviéndome de su Omnipotencia suplicante, necesito decir también a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo que me pongo ante la Trinidad Beatísima con entera sumisión, con una entrega sin reservas; y repito —haciendo una oración sincera— la aceptación de la Voluntad de Dios que Ella manifestó con su fiat! Por eso, me marcharé de aquí dando gracias. 

¡Señora, me entrego, me entrego totalmente: ya no pido! ¡Amo la Voluntad de tu Hijo! Nos abandonamos, descansamos, amamos y aceptamos sus designios, acatando en pleno la Voluntad de Dios

Sabemos, Madre nuestra, que nos darás los medios para sacar adelante este camino de caridad y de amor, y para extenderlo por todo el mundo.

(...) Hemos mantenido estas tertulias tan cerca de tu imagen: ¡nueve días de intensa conversación filial contigo! Y hoy, una vez más, siempre con más amor y confianza, nosotros queremos presentarte la Iglesia; queremos, por tanto, presentarle a estos hijos e hijas tuyos del Opus Dei, que no buscan nada para sí mismos, que no alimentan ninguna ambición personal para su propio yo, porque están convencidos a fondo de que nuestro hogar es el tuyo, en el que se vive única y exclusivamente para Dios. ¡Míralos a todos y a todas, Señora!, ¡mírame a mí!, aunque estoy bien persuadido de que no soy digno ni de una miradica tuya. Pero, ne respicias peccata mea, sed fidem eorum! No mires mis miserias, que son tantas y de las que me duelo y avergüenzo y pido perdón. Mira a mis hijos, mira a mis hijas; mira cómo te aman con este fuego perenne de entrega, donde no hay motivos humanos.
¡No perseguimos ningún fin humano en nuestra entrega!: nos hemos entregado porque tu Hijo ha sido Quien nos lo ha pedido. ¡Virgen Santísima, protege a la Iglesia, salva a la Iglesia! (…) Y, a partir de ahora, no te sugiero nada. Me he atrevido a plantearte las cosas hasta aquí, pero siempre bajando la cabeza, porque soy un trapo sucio, aunque pienso que siempre he procurado moverme amando a toda hora la Sabiduría y la Voluntad de la Trinidad Beatísima.
Aún prolongó san Josemaría su oración en voz alta durante largo rato, con actos de amor a Dios y de abandono en la Voluntad divina, con acciones de gracias y actos de desagravio, con peticiones ardientes. Luego comenzó a rezar, con los demás, los quince misterios del Rosario: despacio, saboreando las escenas y las palabras.

Antes de comenzar los misterios gloriosos, dijo:
—Ofreceremos el primero por la paz y la tranquilidad de Europa, de ese Continente en el que muchas naciones están bajo el comunismo.
No quiero guerras, y así te lo suplico, Madre nuestra, Reina de cielos y tierra. No quiero guerras, porque es el mayor flagelo que Dios puede permitir. (...) En Europa falta paz: la paz para poder amar libremente a Dios. Señora, te insisto en mi súplica para que llegue la paz de Cristo a todas las naciones.
Al terminar el primer misterio, san Josemaría dijo en voz alta:
—Ofreceremos el segundo misterio a la Virgen de Guadalupe, pidiendo con muchísima fe y con muchísima esperanza que lleve la libertad y la paz de Cristo a los pueblos de Asia. 

Me viene a la cabeza esa gran nación —grande por tantos motivos—: China (...) Rezo para que la semilla que han sembrado tantos y tantos, y la sangre y sufrimientos de muchos, vuelvan a dar frutos cuanto antes. Vamos a amar a ese pueblo y a todas las gentes de Asia, y vamos a pedir a la Madre de Dios que haga entrar a esa humanidad por la luz de la paz de su Hijo...
 El tercer misterio fue ofrecido por el Continente africano.
—Hijos míos, ahora África. Roguemos al Señor que quiera dar paz y libertad cristianas a África. Mirad que aquella tierra es una carga poderosísima de vitalidad (...). Debemos sentir muy hondo que es preciso que esos hermanos nuestros conozcan a Cristo y le amen...

Al terminar el rezo del tercer misterio, añadió:
—Ofreceremos la próxima decena del Santo Rosario para que Nuestra Señora, Nuestra Madre de Guadalupe, obtenga la paz para los pueblos de América, donde muchos se empeñan en que sea en cambio un nido de constante revolución.
Aquí, ante tu imagen, yo quiero dejar como un testamento a mis hijos de México: con tu intercesión, están obligados a llevar la semilla divina de tu Hijo, a trabajar con amor de Dios y por amor de Dios, desde el norte, ¡norte!, de este continente hasta la Tierra del Fuego.
Poco rato antes, en otro de los misterios del Rosario, el fundador del Opus Dei había rezado especialmente por México con las siguientes palabras:
—Deseo ahora pedir por México: por el pueblo, por la Jerarquía eclesiástica, por los sacerdotes -seculares o no-, por las autoridades civiles. Suplico a Nuestra Señora que proteja la estabilidad de este país (...).
Rezo por los que nos ayudan de una manera o de otra en la tarea apostólica. Rezo por los que no nos quieren, si los hay; rezo para que se den cuenta de que sólo queremos servir a todas las almas, con el fin de lograr que en el mundo entero únicamente haya una raza: la raza de los hijos de Dios.
Llegó por fin el quinto misterio glorioso:
—Esta última decena la ofrecemos por los pueblos de Oceanía, donde hay tan pocos católicos y poquísimo clero: ¡tantas islas...! (...) Sentimos la necesidad de acudir en su ayuda, porque nos interesan las almas de todo el mundo, y porque faltan brazos para atenderlas. No nos quedamos deprimidos ante esa desolación. La tarea apostólica y humana es ciertamente grande, pero contamos con el mandato imperativo de Dios y con la intercesión de Nuestra Señora, que es la Reina de la Victoria.
Nos acogemos a la protección de Santa María, porque bien seguros podemos estar de que cada uno de nosotros, en su propio estado —sacerdote o laico, soltero, casado o viudo—, si es fiel en el cumplimiento diario de sus obligaciones, alcanzará la victoria en esta tierra, la victoria de ser leales al Señor; llegaremos después al Cielo y gozaremos para siempre de la amistad y del amor de Dios, con Santa María.
 La novena ante la Virgen de Guadalupe llegaba a su fin. Eran ya las seis y media de la tarde.
—Hijos míos, antes de comenzar las tres Avemarías invocándole como Hija, Madre, y Esposa de Dios, y antes de seguir con las letanías, quiero agradecer vivamente a mi Madre Santísima del Cielo la alegría inmensa de estas horas de tertulia que hemos pasado en su compañía, con la imagen suya tan cerca. Y deseo decirle que me cuesta arrancar: ¡han sido unos días tan humanos y tan sobrenaturales! Además, hoy terminamos pronunciando abandonadamente un fiat!, porque no abandonas a tus hijos.
Repetid conmigo, cada uno en el fondo de su corazón, con alegría y con paz: hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amén. Amén. Amén.

Santa María de Guadalupe, Asiento de la Sabiduría, Esperanza nuestra, ¡ruega por nosotros!
http://www.es.josemariaescriva.info

miércoles, 19 de junio de 2013

La Fe en 15 vídeos

Anne Francois Louis Janmot, (1814-892): Generación divina

En el Año de la Fe han tenido lugar muchas iniciativas para ayudar a los cristianos en un conocimiento más profundo del Credo. Goya Producciones ha elaborado quince microvídeos, uno por cada artículo del Credo. 

¿Se pueden resumir las verdades de la Fe en 15 vídeos de cinco minutos? ¿Y hacerlo de manera viva e impactante para la gente de hoy? Ese es el objetivo del proyecto que Goya Producciones ha desarrollado y finalizado. 

El primer vídeo nos introduce en el mundo de lo sobrenatural. Los demás vídeos desentrañan los misterios resumidos en el Credo. Así, en una hora y cuarto, esta serie condensa lo esencial del Catecismo de la Iglesia Católica y del Compendio. El lenguaje de los 15 videos es sencillo y breve. 

Una cabecera dinámica invita a ver cada vídeo. El montaje combina recursos de música y arte con grabaciones originales. A ello se añaden infografía, voz en off, y efectos especiales. 
La narración se inspira en textos sagrados, del Papa y de la Jerarquía. Su formato facilita que se pueda utilizar como apoyo de clases, conferencias y otros actos formativos. Para ello, al final de cada vídeo se muestran referencias a los números correspondientes del Catecismo, del Compendio y, a veces, de otras fuentes. 

viernes, 25 de enero de 2013

Conversión de san Pablo

(Fragmentos extraídos de catholic.net)

Luca Giordano, (1632–1705): Conversión de san Pablo.

Pablo, llamado Saulo en el uso y rigor judío, afirmaba con vehemencia que el Evangelio que predicaba no lo había aprendido o recibido de los hombres. 

Perteneció a la casta de los fariseos. Había nacido en Tarso, ciudad que pertenecía al mundo grecorromano; quien nacía allí tenía la categoría de ciudadano romano. Necesariamente, por ser judío no le cupo más suerte en la niñez que andar disimulando su condición entre los demás del pueblo, ocultando su creencia, tenida como superstición por los paganos romanos.

Conocía bien las escrituras y estaba familiarizado con los poetas y filósofos. Para los griegos solo era un hebreo, aislado entre misterios inaccesibles a los de otra raza, uno de los que tenían prohibido el acceso a las clases cultas y dirigentes.

A los dieciocho años se fue a Jerusalén para impregnarse en de la historia de su pueblo en la Cátedra de Gamaliel, donde profundizó  yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano.

Allí aprendió a aguardar con celo la venida de un libertador que liberase a su pueblo del  dominio del imponente invasor. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez; igual pasaría con los dominadores actuales. Era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Eso le hizo celoso.

Rubens

Consideraba al cristianismo herejía que estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de Esteba, uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. 
Su conversión fue en un día insospechado que llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos. Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la pureza de las tradiciones que recibieron los padres.

"Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía:
- "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?"
Dijo:
-  "¿Quién eres, Señor?"
Y él: 
- "Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer". 

Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía. Y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco, y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió".
(Act. 9, 3-9).
Pietro da Cortona:  
Ananías devuelve la vista a Pablo, 1631
Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. 
Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado por el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo.  

Vió él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo. 

Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. Más se palpa en ella la acción divina que el esfuerzo humano; además, enseña las insospechadas consecuencias que trae consigo una mudanza radical.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Historia de una sonrisa

Álvaro y sus sobrinas.
Varios amigos le convencieron para que se dejara grabar una entrevista, pero el rápido desenlace de la enfermedad truncó el proyecto completo. Y es que los amigos de Álvaro, que falleció en abril a causa de un sarcoma de Ewing, admiraban su entereza y alegría. 

Aunque puedea parecerlo, no es una histoira triste, sino un ejemplo para todos aquellos que sufran una enfermedad. Una lección de esperanza, que podéis leer aquí.


viernes, 2 de noviembre de 2012

¿Tus amigos lo saben?



Vídeo para preparar el Congreso Nacional de Pastoral Juvenil en Valencia, 1 al 4 de noviembre de 2012. Realizado por Jose Manuel Cotelo.

sábado, 27 de octubre de 2012

Vivir con odio es vivir en una cárcel

El primer día en que se reincorporó al trabajo como guardia civil, una bomba acabó con su vida y con la de su compañero Carlos. Montse, madre de Diego Salvá, habla de la necesidad de perdonar: "El perdón cura las secuelas del odio en el alma".

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Para qué sirve la religión


Por Juan Moya en Análisis Digital

Quizás no sea necesario escribir estas líneas, porque para una gran mayoría de  personas está bastante clara la respuesta. Las escribo pensando más bien en aquellos para los que no está tan clara, o piensan que la religión no aporta nada, o incluso puede ser algo negativo.

La religión, y concretamente la religión cristiana, parte del reconocimiento de la existencia de Dios, y por tanto de la necesidad de orientar su vida hacia Él. Esto significa que el cristiano sabe que está en el mundo para cumplir la voluntad de Dios, y de este modo ser feliz, hacer felices a los demás y poder alcanzar el cielo: el sumo Bien, sin mezcla de mal alguno, y para siempre.

La persona que parte de este principio básico sabe que cumplir la voluntad de Dios implica cumplir bien sus deberes familiares, profesionales, etc., que son una parte importantísima de lo que Dios espera de él. Este es sin duda un motivo fuerte con el que cuenta el cristiano para dar a su vida un sentido de servicio a los demás.
Indudablemente este empeño tiene que llevar consigo actuar con rectitud de intención, buscando sinceramente la verdad y el bien de todos, sin dejarse llevar de intereses menos nobles, sin ceder a presiones que tal vez podrían reportarle beneficios materiales pero que si es a costa de lesionar la justicia, derechos de terceros u otros principios morales no le interesarán.

Es cierto que este comportamiento es propio de toda persona honrada, íntegra, sin necesidad de acudir a razones o motivos espirituales. Pero también es igualmente cierto que junto a razones de “hombría de bien” comunes a todos, las razones espirituales son un refuerzo de esas convicciones humanas. El actuar “de cara a Dios” y no sólo de “cara a los hombres” refuerza el empeño en portarse bien, en hacer lo que se debe hacer, independientemente de lo que hagan otros, o de lo que sea más cómodo o de lo que me pueda beneficiar económicamente, políticamente, etc.

El creyente sabe que su vida de fe no puede ser algo al margen de su vida diaria, en su casa, en su trabajo, en sus obligaciones sociales… Su fe debe iluminar su quehacer diario, para en ese lugar y en esa tarea portarse con un buen creyente, como un buen cristiano. No sería un buen cristiano si no fuera un buen profesional, si no fuera una persona íntegra, ejemplar, servicial, competente, amable…, si no tratara con afecto y respeto a todas las personas, también a las que, precisamente por ser creyente, pudieran no tratarle bien a él: no puede responder a la intolerancia y a la incomprensión con la misma moneda. Tiene derecho a defender sus derechos legítimos –también su derecho a vivir de acuerdo con sus creencias religiosas-, pero no “dejar de lado” –no interesarse, descalificarlos, etc.- a los que pretendan dejarle de lado a él.

El creyente, además, tiene más facilidad para conocerse a sí mismo: su grandeza en cuanto persona, y sus posibles limitaciones e incluso miserias, también como persona. ¿Por qué?: porque conoce a Dios, y por eso puede saber mejor quién es él, criatura salida de sus manos. “Que te conozca Señor, y me conozca”, decía ya San Agustín. El no creyente, el agnóstico, al no tener claro el fundamento último de la vida humana y del mundo, tendrá también más dificultad para “conocerse” a sí mismo, para responder a las grandes preguntas: yo quien soy, de donde vengo, cuál es mi fin, para que existo… No son cuestiones menores, y por tanto la respuesta que demos influirá mucho en el enfoque de la vida diaria.

Las creencias religiosas –la fe cristiana en particular- sirven para estar más atento a otro de los mayores peligros que podemos tener: dejarnos llevar de la tendencia al orgullo y a la soberbia, que nos alejan de los demás y nos llevan a la envidia y a otros inconvenientes. El cristiano debe ser consciente de que todo lo bueno que posee lo ha recibido de Dios, y por tanto no tendría sentido atribuirse méritos que en último término no habrían sido posibles sin las cualidades humanas que Dios le ha dado, aunque haya procurado cultivarlas. De este modo es más fácil también no envanecerse ante los éxitos, como si fueran algo exclusivamente propio.

El creyente, y el cristiano en particular, debe ser siempre un hombre de paz. La violencia es opuesta a la fe. Recordemos el discurso del Papa en Ratisbona, donde insistió en que la violencia es opuesta a la razón, y como Dios es la suprema Razón, una Razón creadora, la violencia es algo que se opone directamente a Dios. No puede tener justificación, y menos apelando a Dios. Otra cosa es la legítima defensa ante un injusto agresor.

El cristiano –no obstante estas “ventajas”-  no se considera  “mejor” que los demás: él también tiene mucho que aprender y mejorar, porque no siempre se porta como debería esperarse de un creyente. Pero en este caso su mal comportamiento no se deberá a ser cristiano, sino más bien, precisamente a ser poco cristiano. Como tal, debe reconocer sus errores o sus faltas, y debe rectificar y comenzar de nuevo. También para esta necesidad de mejora continua es muy útil la fe.

No he agotado las “ventajas” de la fe, pero las recordadas pueden ayudar a ver mejor para que “sirve” ser creyente, y concretamente cristiano.